Rastros

Lánguida. La ropa se le plegaba en el cuerpo gracias a una gravedad lánguida, conceptual e invisible que le rodeaba. La luz de las cuatro de la tarde no colaboraba con lo malo de la escena. Aquellos tonos suaves tan corrosivos que arrojaban los halos a través la persiana, jugaban más bien a favor de la cursilería, en contracorriente de descripciones veraces de la sala que estaba más bien mugrienta. Todo lucía o quería lucir sepia, como un mal filtro para una fotografía aún peor.
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